El mundo promete seguridad en cosas que se desvanecen: el éxito, la comodidad, el control. Pero la verdadera esperanza no se construye sobre lo que podemos lograr; se encuentra en Aquel que nos creó.
Todo lo construido por manos humanas eventualmente se desmorona. El estatus se desvanece, la riqueza cambia y la certeza desaparece, pero la esperanza que tenemos en Jesús es eterna.