En un instante, el velo del cielo se rasgó. La luz tocó la tierra. El rostro de Jesús resplandeció como el sol, Su ropa se volvió blanca como la luz, y los corazones de los discípulos se llenaron de asombro, al ver la gloria de Dios vestida de humanidad.
Este destello de gloria nos recuerda que el mismo Jesús que resplandeció en el monte sigue brillando hoy en nuestros corazones, revelando la majestad de Dios y transformando nuestras vidas desde adentro hacia afuera.