La gracia no ignora lo que está roto en nosotros. Simplemente se niega a dejar que nuestros fracasos sean lo que define la relación.
Hay una ternura en la manera en que Dios nos recibe, incluso cuando estamos convencidos de que deberíamos mantenernos lejos. La vergüenza levanta muros que nunca resisten, y la gracia abre en silencio la puerta que temíamos cruzar.