El rencor es un veneno que infecta cualquier cosa que toque. Cuando nos aferramos a ella, daña nuestras vidas. Dejarla ir nos liberta.
Si Jesús se sacrifico a sí mismo para que nosotros pudiéramos ser perdonados por nuestras ofensas a Dios, quizá sea tiempo de perdonar a quienes nos han hecho daño. No quiere decir que estemos abriendo la puerta para que nos hagan daño nuevamente, sino que los liberamos de la deuda que tenían con nosotros.