Una vida generosa no requiere abundancia, solo atención. Cuando nos fijamos en quienes nos rodean y respondemos con manos abiertas, participamos en el cuidado de Dios por los más vulnerables.
Dar no solo cambia las circunstancias...nos transforma en personas que reflejan el corazón de Dios por la justicia, la misericordia y el amor.