El Señor aborrece toda arrogancia, seguro que no la dejará impune. (Proverbios 16:5) Deja el orgullo, escoge la humildad, y mira como tu relación con Dios crece.
Una persona humilde no se aferra al orgullo, sino que está dispuesta a admitir errores y buscar perdón. Esta apertura no solo fomenta el crecimiento personal en nuestra fe, sino que también profundiza nuestra relación con Dios.