Jesús, aún cuando era completamente Dios, descansaba en el Espíritu Santo por fuerza y guía. Si Jesús dependía del Espíritu, ¿cuanto más nosotros?
A veces, el espíritu de Dios nos lleva a situaciones difíciles para nuestro crecimiento, reforzar nuestra fe, o prepararnos para lo que vendrá. Él sabe lo que hace.