Está bien que nos sintamos bien durante la adoración, pero ese no es el resultado final. Por supuesto, nuestras almas se sienten vivas cuando hacen aquello para lo que fueron creadas. Pero la meta es la adoración a Dios, no la exaltación de nosotros mismos.
Reunirnos no se trata de gustos ni de lucirnos; se trata de responder a quién es Dios.