El pecado nunca se conforma con solo una pequeña parte de tu corazón. Una vez que encuentra un lugar, crece y poco a poco distorsiona lo que fue creado para el bien.
El llamado a la santidad es un llamado a la verdadera libertad: a vivir sin cargas, con un corazón indiviso y lleno de vida en Cristo. Hoy, permite que el Espíritu Santo examine tu interior, no para traer culpa, sino para abrir espacio a la transformación y la renovación.