Por lo tanto, ya que estamos rodeados por una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante.
Piensa en esta vida como una carrera. No una en la que ganas o pierdes, sino una en la que ganarás un premio al terminar. Sigue corriendo, sigue persiguiendo a Dios. Hay un premio al final.