La Escritura nos recuerda que la adoración no es solo una respuesta humana. Está entretejida en la creación misma. Los árboles, los campos y las estaciones que cambian proclaman la belleza y la gloria de Dios.
Cuando el mundo a nuestro alrededor se alegra con la primavera, es un recordatorio de que nosotros también fuimos creados para adorar. Que hoy nuestros corazones reflejen la alegría de la creación.